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tourette

de putas

El motor todavía estaba caliente, transformando en vapor las gotas de lluvia gruesas como uvas que caían sobre él, y derramando un arcoiris de aceite en los charcos. Al menos, eso era todo lo que se podía reconocer bajo las tripas del camión.

Los rotatorios azules hacían resplandecer pequeñas estrellas en el asfalto, y algo empezaba a picarme bajo el alzacuellos.


¡Pero hombre, padre! ¿A dónde iba a estas horas, con este tiempo?

Pues de putas, hijo mío, ¿a dónde iba a ir?

Vale que me pasé un poco, pero el que empezó cagándose en mi jefe fue él.

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