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Los rusos

Arrodillado sobre la cama, apoyaba los codos en la ventana y sostenía la mandíbula en las manos. Aquella mañana el cielo era tan profundo que se podría haber nadado en él, y contrastaba con los tejados oscuros de su vecindario. Los cúmulo-nimbos blancos como el algodón terminaban de dotar al paisaje de la idealidad de los folletos inmobiliarios destinados a la clase media.

El chico, sin embargo, ya estaba despierto, vestido todavía con el pijama de Mickey Mouse que la abuela le regaló por Navidad. Ignorando el valor hipotecario que pudiera tener la muerte de sus padres, miraba al cielo ensimismado. Todos los domingos madrugaba.

 

Todos los sábados, mamá lloraba, y papá volvía gritando, o no volvía, y esa era la razón por la que el chico se acostaba tan temprano. En contraste, el domingo a las siete de la mañana la casa estaba muy tranquila.

 

Papá tenía un trabajo muy importante para el Gobierno, y el domingo se despertaba tarde para tomar café solo con dos cucharadas de azucar y leer un periódico grueso con titulares enormes que hablaban de Rusia. Papá llevaba corbata, y cuando se gritaban, mamá decía que él y sus compañeros acabarían destruyendo el mundo.

 

Mamá limpiaba mucho y apenas hablaba. Mamá tomaba medicinas de ese armario que el chico no debía tocar ni hablar de él a papá, y cada lunes, después de que papá se marchara al trabajo, acudía con sus amigas a la peluquería aunque siempre se peinaba mucho antes de salir. Siempre decía que todo había cambiado porque papá tenía mucha presión en el trabajo.

 

Muchos compañeros de trabajo de papá eran los papás de sus amigos. El año pasado, el papá de Rob Banowicz se salió de la carretera con el coche y se mató. Esa noche, mamá le chilló algo a papá, y papá la pegó una bofetada.

 

 

Cuando el teléfono del dormitorio de sus padres quebró el silencio matutino el chico ya sabía lo que estaba ocurriendo, antes de que su padre descolgara el auricular con un gruñido y de que todo se convitiera en gritos y carreras apresuradas.

Porque unos minutos antes, antes incluso de que un único disparo de escopeta tronara desde la casa de los Cooper, el chico ya había visto las estelas blanquecinas que surcaban verticalmente la cúpula celeste, y abriendo mucho la boca había exclamado:

 

- Vienen los rusos.

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